miércoles, 22 de abril de 2020

Los mismos jinetes de siempre


Si hay algo a lo que conduce el momento que estamos viviendo es a una profunda depresión no exenta de escepticismo hacia todo lo que nos rodea. El amasijo de mortales que componemos la maquinaria productiva e improductiva de la población nacional hispánica somos diferentes, pero no por ser sagaces, ingeniosos, solidarios, simpáticos o inteligentes, somos diferentes por nuestra ancestral inclinación a vivir sometidos.
Somos tan dóciles como los orgullosos caballos españoles debidamente domados. Austrias y Borbones encontraron en la cabaña equina ibérica la realización de sus anhelos: un animal con apariencia de impetuoso y sin embago obediente a la mínima señal del jinete. Todos los pintores de las estirpes resaltaban la gallarda figura de un príncipe sometiendo la voluntad de la indómita bestia.
Nada más lejos de la realidad, el caballo pura raza español encarna la totalidad de las virtudes que los amos de la plantación esperan encontrar en sus esclavos: sumisión, abnegación, fortaleza y servidumbre.
Desde el principio de los tiempos, la tradicional clase dirigente española ha entendido muy bien cómo sacar provecho de las características de los vasallos. Empresarios, capital e iglesia coinciden en sus mensajes con los partidos de la oposición cuando tildan de apocalípticas las medidas que va adoptando el Gobierno.
Los propietarios de la derecha han colocado en el Congreso de los Diputados a unos monigotes para que  socaven la credibilidad del actual ejecutivo cueste lo que cueste.
No les importan las víctimas, los machotes hispánicos siempre han considerado a los muertos como daños colaterales. Para esos jinetes de la indecencia, los fallecidos son cifras en el informe estadístico rellenado por una becaria mal pagada. Siempre que los muertos no sean cercanos ¡Por supuesto! Si son parentela, en lugar de bajas pasan a ser mártires.
Cuando el orbe se debate en el análisis de un nuevo orden mundial, aquí perdemos el tiempo con las ocurrencias de un cura de pueblo recitando la homilía a cuatro feligreses beatos carentes de empatía social.
Mientras los organismos económicos de las naciones avanzadas entienden la necesidad de aportar recursos para paliar la devastación, en esta España tuya y nuestra “los meritorios” paniaguados denigran la renta mínima vital considerándola una paguita para vagos.
¡Ojo que entre los que se posicionan en contra de las ayudas se halla un colectivo tan “productivo” como el de los Obispos! Una tropa históricamente acostumbrada a esquilmar las arcas públicas, niega la ayuda a los desfavorecidos y dañados por esta catástrofe ¿Necesita la Iglesia que los desgraciados sigan desprotegidos?
Resulta una demostración más de la calidad que adorna a la Conferencia Episcopal. La curia defiende la opción de que los recursos sean derivados a la caridad - vía cruz en la declaración de la renta -  para ser gestionados alegremente por los Arzobispados. No les gusta que las instituciones gubernativas dicten medidas de JUSTICIA social.
No es de extrañar, ponderada por los meapilas, la caridad tiene en los derechos sociales a su mayor enemigo.  La justicia equitativa y la redistribución de la riqueza dejan sin sentido la caridad.
Queda clara la oposición eclesiástica a la renta básica: están defendiendo su puesto de trabajo, la caridad es el disfraz con el que enmascaran su falta de función. Sin necesitados no tienen a quién auxiliar y los psicólogos son una dura competencia como consuelo al atormentado.
Los empresarios y por ende el capital, también se oponen a la renta vital. Con una simple reflexión deberíamos preguntarnos ¿Por qué tanta beligerancia?
La respuesta la dio, aunque fuera de manera involuntaria, la comunity manager de un chucho: Isabel Díaz Ayuso. La becaria de “Pecas” defendió el “trabajo basura” diciendo que muchas personas querrían un trabajo de esas características. 
Naturalmente que sí, pero se le olvidó decir - o quizás no está capacitada para reparar en ello - que los trabajos con condiciones laborales por debajo del umbral de la dignidad, no son ocupaciones deseables, son esclavitud encubierta bajo el paraguas de una falsa competitividad empresarial que en realidad esconde explotación.
Curas y patronal siempre han caminado unidos en la consecución de sus objetivos, falta que se adhieran otras piezas para acabar el puzle. Avanza a la carrera una detestable rama política, la extrema derecha se ha desenmascarado y cada vez ocultan menos la finalidad que persiguen. Cuando alcancen la meta lloraremos la estupidez de nuestro comportamiento.
Si todavía no han dado el paso definitivo no es por falta de ganas, es porque desconfían del  seguimiento que suscitaría entre los uniformados un proceso desestabilizador a gran escala.
Afortunadamente, todavía es un escenario que le plantea muchas dudas a esa “derechita valiente” emergida de la neblina democrática con la que se envuelve la derecha pos franquista.
Nos queda esperar que el mando supremo de los ejércitos no sucumba a la tentación de montar un brioso corcel para arengar a las tropas.











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